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Fundación Internacional René Mey

La esperanza nunca se va: las lecciones de vida del Dr. René Mey en la Academia de la Vida

Hay conversaciones que se sienten distintas desde el primer minuto. La que tuvo lugar en la Academia de la Vida, un espacio completamente gratuito nacido con el sueño de acercar herramientas de transformación personal a cualquier persona que las necesite, fue una de ellas. El invitado fue el Dr. René Mey, un hombre que ha dedicado su existencia al servicio de los demás, y cuyas palabras —dichas en un español mezclado con francés, casi como si el idioma no alcanzara para contener lo que quería transmitir— dejaron una huella profunda en las casi diez mil personas que lo escuchaban en vivo. Esto es lo que compartió.

De niño sin saber cómo ayudar, a una vida entera de servicio

René Mey cuenta que desde pequeño sentía la necesidad de ayudar a los demás, aunque no sabía cómo hacerlo. Esa inquietud lo acompañó hasta que, alrededor de los 20 años, decidió abrir un consultorio y comenzó a visitar personas enfermas en sus casas. Ahí, dice, descubrió algo esencial: la posibilidad de expresar esa necesidad de servicio de una forma profunda, casi meditativa, que se fue construyendo con el tiempo a través de experiencias extremas —bosques, montañas, desiertos, nieve— que lo ayudaron a entender mejor la naturaleza humana.

Ese camino lo llevó, entre otras cosas, a fundar un hospital en Madagascar en 2002 y a visitar hospitales durante los primeros años del VIH, cuando el miedo y el estigma alejaban a la gente de los enfermos. También atravesó momentos de persecución política que lo obligaron a salir de Francia, y finalmente encontró en México el lugar para cumplir lo que más le importaba: dedicar su vida por completo a ayudar a otros. Así nació su fundación, que hoy sostiene a miles de familias y trabaja en la construcción de un hospital dedicado a integrar la medicina convencional con lo que él llama medicina emocional.

La cárcel que le enseñó qué es la verdadera justicia

Cuando le preguntaron si hubo un momento que marcara un antes y un después en su vida, René Mey no dudó: fue la cárcel. En una época en la que ayudaba a personas migrantes sin recursos ni papeles, su labor incomodó a las autoridades de la ciudad donde vivía, y terminó preso. Lejos de narrarlo como una tragedia, lo describe como una lección: ahí comprendió que la justicia de los hombres no siempre
coincide con la justicia de la conciencia. Y de esa experiencia extrajo una idea que repite como principio de vida: no existe historia si no pasa nada. Los momentos difíciles son, precisamente, los que le dan forma a nuestra historia.

El sufrimiento nace de la interpretación, no de los hechos

Uno de los momentos más reveladores de la charla llegó cuando habló del sufrimiento. Para René Mey,
el sufrimiento no existe en el hecho en sí mismo, sino en la interpretación que hacemos de él. Puso un
ejemplo sencillo: dos personas pueden perder su trabajo el mismo día, y mientras una lo vive como una
catástrofe, la otra lo ve como una oportunidad. La diferencia no está en lo que ocurrió, sino en cómo se
decide mirarlo.
Esa misma lógica, explica, aplica a los problemas en general. Lejos de ser algo que debamos evitar, los
problemas —dice— son los que nos permiten convertirnos en mejores personas. Incluso quienes
parecen tenerlo todo, poder, fama o dinero, no están exentos de dificultades; y son justamente esas
dificultades las que sostienen el crecimiento humano.

El amor como armonía, no como posesión

Al hablar del amor, René Mey recurrió a una imagen curiosa: la de los átomos que se unen para formar una molécula de agua. Cuando dos átomos comparten una afinidad, se combinan en armonía; cuando no, esa unión no ocurre. Para él, el amor funciona de manera parecida: es, ante todo, búsqueda de armonía. Con una pareja, con un hijo, con una planta o con la naturaleza entera. No siempre el otro corresponde esa armonía, pero el gesto de buscarla —dice— es en sí mismo un acto de amor.

El ego, el juicio y por qué el perdón podría no ser necesario

Una de las reflexiones más provocadoras de la noche giró en torno al perdón. René Mey sostiene que el
perdón nace de una sensación de superioridad: juzgamos al otro desde la creencia de que nosotros
tenemos la razón. Y ese juicio, dice, nace del ego, quizás el enemigo más grande que enfrentamos
dentro de nosotros mismos.
Su propuesta es radical: si logramos controlar el juicio, dejamos de necesitar el perdón, porque ya no
habría nada que perdonar. Y añade una idea igual de desafiante sobre la identidad: no podemos saber
quiénes somos mirándonos a nosotros mismos en un espejo. Solo podemos conocernos a través de la
manera en que los demás nos respetan, nos aman o nos necesitan.

La sanación no es superficial, es aceptación

Sobre la sanación —un tema que toca a quienes atraviesan depresión, ansiedad o tristeza profunda—
René Mey fue igual de directo. No la entiende como algo superficial, sino como un proceso de
aceptación de los problemas que la vida nos presenta. Habló desde su propia experiencia: los años en
los que vivió en situación de calle, tanto en Francia como en México, y las veces en que decidió estar
cerca de las personas en los lugares más duros del mundo. De esas vivencias extrajo una convicción:
muchas veces no somos lo suficientemente conscientes de la suerte que representa, simplemente, estar vivos.

Lo único que nos llevamos

Quizás el momento más conmovedor de la conversación fue cuando habló de la muerte, no como un final temido, sino como un recordatorio. Nacimos sin nada, dijo, y un día —por una enfermedad, un accidente, o simplemente por el paso de los años— vamos a dejarlo todo. El dinero, la fama, el poder, ninguno de ellos viaja con nosotros. Lo único que nos llevamos, según René Mey, es el amor que dimos
y la consciencia con la que vivimos.

Un mensaje final: somos lo que hacemos

Cerca del final de la charla, le pidieron un mensaje para quienes lo estaban escuchando. Su respuesta fue simple y contundente: no somos lo que pensamos ni lo que creemos, somos lo que hacemos. Son los hechos, dijo, los que finalmente revelan quiénes somos.

Y si hubiera que resumir toda la conversación en una sola palabra, esa sería esperanza. Una esperanza que, según sus propias palabras, nunca desaparece del todo: siempre está dentro de nosotros, esperando que aprendamos a expresarla.

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